Sesión Abierta / por Horacio Miranda.
No fue un hecho cualquiera. Fue una alerta que no debemos ignorar.
Guasave, Sinaloa.- El jueves 8 de enero, Guasave nos dolió de una manera distinta. No fue el dolor sordo de la rutina, sino el golpe seco de una noticia que nadie quiere leer: una mujer fue asesinada a plena luz del día, en nuestras calles. Un hecho brutal, de esos que no admiten matices ni palabras suaves para disfrazar la tragedia.
Hay algo que debe decirse con total honestidad: la respuesta de las autoridades fue la correcta. En un país que hoy trabaja con mayor determinación para frenar la violencia, es justo reconocer cuando la reacción es inmediata. Ayer vimos esa voluntad traducida en acciones concretas: investigación, detenciones y resultados claros. Admitir que las corporaciones estuvieron a la altura no es una cortesía; es reconocer que el sistema puede y debe funcionar para proteger a la ciudadanía.
Sin embargo, aquí es donde la reflexión se vuelve amarga. Que el caso se haya resuelto en horas no borra el crimen, no detiene el luto y mucho menos devuelve la vida que se perdió. Como sociedad, no podemos caer en la trampa de sentir alivio solo porque hay responsables tras las rejas. La justicia que castiga el delito es necesaria, pero es una justicia que llega tarde: cuando el daño ya es irreversible.
¿Por qué seguimos llegando siempre al mismo punto? Esa es la pregunta que debe incomodarnos. La violencia contra la mujer no es un rayo que cae de la nada; es un fuego que se alimenta lentamente en el silencio de los hogares, en el control disfrazado de amor, en el “no te metas” de los vecinos y en la desigualdad que todavía respiramos. Cuando el disparo suena o el golpe cae, lo que escuchamos es el fracaso de un sistema de prevención que no supo o no quiso ver las señales de alerta.
Guasave tiene esa cualidad de sentirse como una comunidad cercana, casi una familia extendida donde todos se conocen. Quizá por eso estos hechos sacuden con mayor fuerza. Nos recuerdan que la violencia no es un problema ajeno que ocurre en otras ciudades; camina por nuestras colonias, a cualquier hora y en cualquier contexto.
El reto que tenemos enfrente va mucho más allá de llenar expedientes judiciales. El verdadero triunfo no es detener al culpable, sino lograr que no haya víctimas. Es pasar del discurso de ocasión a la inversión real en atención temprana. Es apostar por la educación que rompa ciclos de abuso y por un acompañamiento efectivo que proteja a la mujer antes de que su nombre se convierta en una estadística más en la mesa de seguridad.
Reconocer que la autoridad hizo su trabajo en esta ocasión no significa bajar la guardia. Al contrario, implica entender que la reacción inmediata es apenas el inicio de un camino largo y complejo. La parte más difícil y la más urgente es arrancar de raíz esa violencia estructural que sigue arrebatando vidas.
Que la justicia no sea nuestro único alivio. Porque cuando una mujer es asesinada, aunque el caso se resuelva, la herida permanece. Guasave no puede acostumbrarse ni normalizar esta violencia. Llegar rápido después del crimen no basta; lo verdaderamente urgente es aprender a llegar antes, cuando todavía hay vida que proteger.





