Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
El hipotético caso
PÓQUER DE REINAS
Sinaloa comienza a transitar, aún sin declararlo, hacia un escenario distinto. No es solo el relevo generacional o la reconfiguración de fuerzas. Es algo más profundo: la posibilidad real de que, por primera vez, una mujer encabece el gobierno del estado.
Y hoy, ese escenario no es hipotético. Tiene nombres, trayectorias y posicionamientos claros.
En ese contexto, cuatro perfiles comienzan a destacar dentro del espectro político sinaloense, cada uno con sus propias fortalezas, ritmos y espacios de construcción: Imelda Castro Castro, Graciela Domínguez Nava, Teresa Guerra Ochoa y Estrella Palacios Domínguez.
No es casualidad. Es contexto.
Imelda Castro aparece, hoy por hoy, como el perfil más consolidado en términos de trayectoria política. Su paso por el Senado le ha permitido no solo tener visibilidad nacional, sino también operar en los espacios donde se toman decisiones de fondo. Ha sabido mantener una línea constante dentro de su partido, con una narrativa alineada al proyecto de transformación, pero también con capacidad de interlocución. Su fortaleza principal radica en esa combinación de experiencia, estructura y presencia territorial. Es, en términos políticos, un perfil que ya ha recorrido gran parte del camino y que entiende los tiempos, los silencios y las señales.
Graciela Domínguez, por su parte, representa un perfil técnico-político que ha ido construyéndose con disciplina. Su experiencia como coordinadora en el Congreso local le dio conocimiento de la dinámica interna del poder en Sinaloa, y su actual posición como diputada federal le permite ampliar su radio de acción. A diferencia de otros perfiles, su crecimiento ha sido más institucional que mediático, lo que le otorga una base sólida en la operación política. Su ventaja está en la formación, en la consistencia y en una trayectoria que no depende de coyunturas, sino de trabajo sostenido.
En el caso de Teresa Guerra, su fortaleza está en la identidad. No es un perfil que transite en la ambigüedad: su agenda ha sido clara, especialmente en temas vinculados a derechos, equidad y causas sociales. Esto le ha permitido posicionarse con una voz propia dentro del escenario local, algo que en política no es menor. Su capital no solo es político, sino también social, y en un contexto donde la agenda de género tiene mayor peso, su perfil adquiere relevancia estratégica. Representa, en muchos sentidos, una visión más ideológica y definida del ejercicio público.
Estrella Palacios aporta un elemento distinto al tablero: la gestión directa. Como alcaldesa de Mazatlán, su figura está sujeta a evaluación constante, no desde el discurso, sino desde los resultados. Gobernar uno de los municipios más importantes del estado implica enfrentar retos complejos en servicios, crecimiento urbano y desarrollo económico. Su ventaja radica en esa cercanía con la ciudadanía y en la posibilidad de mostrar avances concretos. Además, su condición como la primera mujer en encabezar el municipio no solo tiene valor simbólico, sino que también le otorga un posicionamiento que conecta con el momento político actual.
Cuatro perfiles. Cuatro rutas.
Pero un mismo contexto: el tiempo de las mujeres.
A esto se suma un factor que comienza a acelerar las definiciones: los tiempos electorales ya se asoman, y con ellos, los inevitables movimientos internos que suelen adelantar el reparto de candidaturas rumbo a 2027. Aunque formalmente no haya proceso, en la práctica la política ya entró en fase de acomodo.
Y eso cambia el ritmo de todo.
Porque en política, cuando los tiempos se acercan, las señales se vuelven más claras, las posiciones más visibles y las decisiones más estratégicas. Lo que hoy parece posicionamiento, mañana puede convertirse en definición.
La disputa ya no gira en torno a si una mujer puede gobernar Sinaloa. Esa discusión parece superada. La verdadera pregunta es quién logrará consolidar el equilibrio entre estructura, territorio, narrativa y resultados.
Porque si algo define los procesos políticos modernos es que la legitimidad no se construye desde un solo frente.
Se construye en todos.
De aquí a 2027, cada paso contará. Cada decisión sumará o restará. Y cada perfil tendrá que demostrar no solo viabilidad política, sino capacidad de gobernar.
Sinaloa se acerca a una definición histórica. Y, por primera vez en mucho tiempo, el horizonte tiene rostro de mujer.
PALABRA
El conflicto del maíz en Sinaloa entra en una pausa que, más que resolver, abre una expectativa. La invitación del gobernador Rubén Rocha Moya a los liderazgos agrícolas para sostener una reunión en la Ciudad de México, con el objetivo de definir apoyos a la cosecha 2025-2026, logró lo que hasta ahora parecía distante: que los productores cedieran terreno.
No es un dato menor.
El retiro de las casetas de cobro, como gesto de buena fe, representa un punto de inflexión en un conflicto que había escalado en presión y visibilidad. Es, en términos políticos, una tregua. Pero también es una apuesta.
Porque lo que hoy se concede no es solo espacio… es confianza.
Y la confianza, en este contexto, tiene fecha de caducidad.
Los productores han sido claros: esperan resultados. No discursos, no mesas de trabajo interminables, no promesas diferidas. Resultados concretos que den certidumbre a una actividad que, más allá de lo económico, sostiene buena parte del equilibrio social en el estado.
Ahí está el verdadero fondo.
El maíz en Sinaloa no es solo un cultivo. Es estructura productiva, es identidad regional y es también un factor político. Cada decisión que se toma en torno a su comercialización, precio o apoyo impacta directamente en miles de familias y en la estabilidad de un sector históricamente sensible.
Por eso, la reunión en la Ciudad de México adquiere una dimensión mayor.
No se trata únicamente de definir un esquema de apoyo entre el Gobierno del Estado y el Gobierno Federal. Se trata de enviar una señal clara: que la interlocución funciona, que el diálogo rinde frutos y que la gestión política puede traducirse en soluciones reales.
Pero también hay un riesgo.
Porque si el resultado no cumple con las expectativas, el mensaje será inverso. La tregua se romperá, las acciones se retomarán y el conflicto podría escalar con mayor intensidad. Así lo han advertido los propios líderes agrícolas.
Y en política, cuando se abre una expectativa y no se cumple, el costo es mayor.
El gobernador ha decidido asumir la conducción del tema, colocándose como interlocutor directo en un momento clave. Eso, en sí mismo, es una señal de involucramiento. Pero ahora viene lo más complejo: convertir la gestión en resultados.
Porque el campo no espera indefinidamente. Esta pausa no es un cierre. Es un compás de espera. Y el próximo martes no será solo una reunión más. Será, en muchos sentidos, una prueba de eficacia política.
EL CAMINO
Movimiento Ciudadano en Sinaloa comienza a perfilar su ruta rumbo a 2027 con una estrategia clara: apertura total. La postura de María Fernanda Rivera Romo deja ver que el partido buscará perfiles con resultados, incluso fuera de sus propias filas.
Más que fortaleza, esto refleja una realidad: el partido aún está en construcción en el estado.
La apuesta es lógica: atraer perfiles competitivos ante la falta de estructura sólida. Sin embargo, el riesgo es evidente. Abrirse sin filtros claros puede derivar en reciclaje político más que en verdadera renovación.
Ahí está el dilema. Movimiento Ciudadano necesita crecer, pero también definirse. Porque sin identidad clara, cualquier candidatura pierde fuerza.
Con el proceso de 2027 cada vez más cerca, el partido tendrá que pasar pronto de la invitación… a la decisión.
Porque en política, no basta con sumar perfiles. Hay que saber elegirlos.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
Facebook, Instagram y X: PeriodistaMarco





