🟦 SESIÓN ABIERTA / por Horacio Miranda
La posible alianza opositora rumbo a 2027 coloca al Revolucionario Institucional en una posición privilegiada, pero el verdadero reto será construir una coalición que fortalezca su proyecto y no termine diluyendo su liderazgo.
Durante varios años se habló del PRI como un partido en declive. Las derrotas electorales parecían confirmar que su tiempo había quedado atrás y que el nuevo escenario político pertenecía exclusivamente a Morena. Sin embargo, la política tiene una particularidad que la distingue de cualquier otra actividad: nunca permanece inmóvil. Los partidos cambian, los gobiernos se desgastan y las circunstancias también modifican la percepción ciudadana.
Hoy, rumbo a la elección de 2027, el PRI en Guasave vuelve a colocarse en una posición que hace apenas unos años parecía impensable. Porque dentro de la oposición es la fuerza política que llega con mejores condiciones para encabezar un proyecto competitivo.
La reciente reunión entre dirigentes del PRI, PAN, MC y PAS deja claro que la oposición busca construir un frente común para enfrentar a Morena, el Partido Verde y el Partido del Trabajo. La intención parece lógica. Nadie duda de que competir unidos puede ofrecer mayores posibilidades que hacerlo por separado. Sin embargo, el PRI debe analizar esa posibilidad con inteligencia, porque una alianza no siempre fortalece al partido que más aporta. En ocasiones ocurre exactamente lo contrario: el partido con mayor estructura termina cediendo espacios, sacrificando liderazgos y aceptando acuerdos que benefician más a sus aliados que a su propio proyecto político.
La elección pasada dejó una lección que la oposición no debería pasar por alto. PRI, PAN, PRD y PAS ya compitieron bajo una misma coalición con la intención de enfrentar a Morena y sus aliados, pero los resultados no fueron los esperados. Hoy el escenario cambia parcialmente: el PRD prácticamente desaparece de la ecuación y Movimiento Ciudadano surge como un posible nuevo integrante del bloque opositor.
Sobre el papel podría parecer una alianza más amplia y con mayores posibilidades de competir, pero la política no se mide por el número de logotipos que aparecen en una lona ni por las fotografías de unidad que se toman los dirigentes. Las elecciones se ganan cuando los partidos logran construir acuerdos reales y, sobre todo, cuando todos están dispuestos a respaldar un solo proyecto, incluso si eso significa dejar de lado aspiraciones personales.
Ahí es donde comienza el verdadero desafío.
Si se observa con detenimiento la situación de cada uno de los partidos que podrían integrar esta coalición, queda claro que todos llegan con fortalezas y debilidades muy diferentes. El PAN atraviesa una etapa complicada. Hace tiempo dejó de ser la fuerza política que disputaba con intensidad las elecciones municipales y hoy resulta difícil identificar una estructura sólida, liderazgos permanentes o una militancia con capacidad de movilización como la que alguna vez tuvo.
El Partido Sinaloense vive una realidad distinta. Durante años construyó una organización política que logró competir de tú a tú con los partidos tradicionales y desarrolló una estructura territorial importante. Sin embargo, la reestructuración interna que enfrenta ha modificado ese escenario. Muchos de los liderazgos que fueron parte de su crecimiento ya no participan en la toma de decisiones y difícilmente volverán a operar con la intensidad de otros tiempos. La estructura existe, pero no necesariamente conserva la misma fuerza política.
Movimiento Ciudadano también merece una lectura particular. Ha logrado posicionarse en la conversación pública y construir una presencia constante en la agenda política, pero todavía tiene pendiente demostrar que esa exposición puede traducirse en resultados electorales importantes en Guasave. Es un partido que genera expectativas, aunque aún debe acreditar que cuenta con la estructura territorial suficiente para convertir esa expectativa en votos.
En ese contexto, el PRI aparece como el partido que llega en mejores condiciones dentro del bloque opositor. No porque tenga asegurada una victoria, sino porque mantiene una estructura territorial, una militancia activa y una organización política que, a diferencia de otros partidos, sigue presente en colonias y comunidades. Esa fortaleza le otorga una responsabilidad adicional: no equivocarse en la construcción de la alianza.
Precisamente por ello, el Revolucionario Institucional no debe actuar desde la urgencia. Durante muchos años la política mexicana enseñó que el partido con mayor fuerza era quien establecía las condiciones de una coalición. Hoy el PRI tiene la oportunidad de recuperar parte de esa capacidad de negociación, siempre y cuando entienda que no se trata únicamente de sumar partidos, sino de construir un proyecto competitivo que pueda conectar con los ciudadanos.
También debe asumir que la alianza, por sí sola, no resolverá el desafío electoral. Tan importante como elegir a los aliados será seleccionar a los perfiles que representarán al partido. La ciudadanía ha cambiado y las campañas ya no se ganan únicamente con estructuras territoriales. Hoy pesan la credibilidad, la cercanía con la gente y la capacidad de ofrecer respuestas a los problemas cotidianos. Si el PRI insiste en reciclar los mismos nombres de siempre, corre el riesgo de desperdiciar una oportunidad que pocos imaginaban hace apenas algunos años.
La renovación no significa romper con la experiencia. Significa combinar el conocimiento político con nuevos liderazgos capaces de interpretar una sociedad más crítica y mucho menos identificada con los partidos tradicionales.
Del otro lado tampoco habrá un escenario sencillo. Morena, el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo llegarán como una coalición que gobierna el estado y el municipio. Esa condición representa una ventaja política importante, pero también implica cargar con el desgaste natural del ejercicio del poder. Los ciudadanos serán quienes evalúen si los resultados obtenidos justifican la continuidad.
Faltan algunos meses para que inicien formalmente las campañas, pero las primeras piezas ya comenzaron a moverse. Lo que hoy parecen reuniones de acercamiento pronto se convertirán en negociaciones por candidaturas, posiciones y liderazgos. Será entonces cuando se conocerá qué tan sólida era realmente esa voluntad de construir un frente opositor.
El PRI tiene frente a sí una oportunidad que hace poco parecía improbable. Hoy vuelve a ser el partido que puede marcar el rumbo de la oposición en Guasave. La pregunta ya no es si debe construir una alianza. La verdadera pregunta es si tendrá la visión para encabezarla sin perder la fortaleza que todavía conserva.
Porque las alianzas pueden abrir la puerta al triunfo, pero son el liderazgo, la estrategia y las decisiones correctas las que finalmente conducen a la victoria.
Porque en política, lo importante no siempre es lo que se dice… sino lo que realmente significa. La sesión sigue abierta.





