Escalada entre Israel, Irán y Hezbolá recrudece violencia en territorio libanés y exhibe su fragilidad interna
Beirut, Líbano. — Mientras la tensión crece entre Israel e Irán, un tercer actor paga el costo más alto en silencio: Líbano, convertido en campo de batalla indirecto y reflejo de las fracturas políticas y sociales de la región.
La reciente ola de ataques se intensificó luego de que Hezbolá lanzara misiles hacia la ciudad israelí de Haifa, en respuesta a operaciones militares y al asesinato del líder supremo iraní, Ali Jamenei. La reacción de Israel fue inmediata: bombardeos aéreos sostenidos y el inicio de incursiones terrestres “limitadas” en el sur libanés, según reportes oficiales de las Fuerzas de Defensa de Israel.
Lo que parecía un conflicto contenido ha escalado rápidamente. Desde el 2 de marzo, los ataques han aumentado en intensidad, impactando no solo bastiones tradicionales de Hezbolá como Dahiye, en el sur de Beirut, sino también otras regiones del país.
El saldo es alarmante: más de 800 personas fallecidas y al menos 1,500 heridas, de acuerdo con el Ministerio de Salud libanés, en un país que ya arrastra una profunda crisis económica, institucional y social.
El conflicto revive heridas recientes. En noviembre de 2024, Israel y Líbano habían acordado un alto al fuego con mediación de Estados Unidos y Francia tras la escalada derivada del ataque de Hamás en octubre de 2023. Sin embargo, ese acuerdo se ha debilitado progresivamente, con ataques casi diarios bajo el argumento israelí de frenar el rearme de Hezbolá.
Hoy, la situación exhibe una realidad más compleja: Líbano no solo enfrenta ataques externos, sino también sus propias divisiones internas, donde el peso político y militar de Hezbolá sigue siendo un factor determinante en la estabilidad del país.
La escalada regional deja claro que el conflicto ya no es bilateral. Es una red de alianzas, represalias y tensiones geopolíticas donde los países más frágiles como Líbano, terminan siendo el epicentro del impacto humanitario.





