🟦 SESIÓN ABIERTA / por Horacio Miranda
Los partidos políticos no solo compiten por el poder; también construyen identidad. Esa identidad nace de sus principios, de la forma en que seleccionan a sus liderazgos y del proyecto que ofrecen a la ciudadanía. Por ello, la discusión que hoy atraviesa Movimiento Ciudadano en Sinaloa no debería limitarse a un relevo en su dirigencia. La verdadera pregunta es si el partido conserva la esencia con la que logró posicionarse en el estado o si está entrando en una nueva etapa donde las decisiones responden a una lógica distinta.
Durante los últimos años, el crecimiento del movimiento naranja en Sinaloa estuvo estrechamente ligado a la figura de Sergio Torres Félix. Más allá de las simpatías o diferencias que pueda despertar su trayectoria, es innegable que construyó su carrera desde abajo. Su paso por distintos cargos públicos, la dirigencia partidista, el Congreso y la Presidencia Municipal de Culiacán le permitieron consolidar un liderazgo forjado a lo largo de tres décadas. Cuando decidió abandonar el PRI para incorporarse a Movimiento Ciudadano no llegó como un invitado temporal, sino como un político que apostó por construir una nueva fuerza y dedicarle tiempo, estructura y trabajo territorial.
Esa historia comenzó a cambiar cuando, tras los hechos que lo obligaron a retirarse de la actividad pública, la dirigencia nacional designó a Sergio “Pío” Esquer Peiro como nuevo coordinador estatal. El relevo fue legal y políticamente válido, pero también marcó un cambio de fondo en el perfil de quien conduciría al partido. A diferencia de Torres, Esquer proviene del sector empresarial y su incorporación no fue resultado de una larga militancia dentro del movimiento, sino de una decisión tomada desde la dirigencia nacional.
No se trata de cuestionar la participación de empresarios en la política. Al contrario, toda democracia necesita que ciudadanos de distintos sectores aporten experiencia y nuevas visiones. El análisis debe centrarse en otra dimensión: el modelo de partido que comienza a consolidarse.
Con Sergio Torres, Movimiento Ciudadano proyectaba la imagen de una organización que construía liderazgos desde la militancia, el trabajo legislativo y la presencia permanente en territorio. Con la llegada de Pío Esquer, el partido empieza a mostrar un perfil más cercano a los sectores empresariales y con mayor disposición para explorar acuerdos políticos que anteriormente parecían lejanos. No necesariamente es un cambio negativo, pero sí representa una transformación en la manera de entender el proyecto político.
Las fotografías, los encuentros y los mensajes emitidos en los últimos meses alimentan esa percepción. La presencia de importantes empresarios en torno al nuevo liderazgo ha abierto un debate legítimo sobre el papel que jugarán los grupos económicos dentro de las decisiones partidistas. Toda fuerza política necesita dialogar con quienes generan inversión y empleo; el riesgo aparece cuando la percepción ciudadana comienza a interpretar que el proyecto político puede terminar subordinado a intereses externos y no a una agenda construida desde la propia militancia.
Ahí se encuentra el verdadero desafío para Movimiento Ciudadano rumbo a 2027. Durante años buscó diferenciarse de los partidos tradicionales presentándose como una alternativa con nuevos liderazgos, nuevas formas de hacer política y una identidad propia. Ese discurso fue uno de sus principales activos. Hoy deberá demostrar que esa identidad sigue siendo el eje de sus decisiones y no un elemento secundario frente a las nuevas alianzas y los nuevos perfiles.
La comparación entre Sergio Torres y Pío Esquer, por lo tanto, no debería entenderse como una confrontación personal. Ambos representan trayectorias distintas y visiones diferentes de construir liderazgo. Uno surgió desde la militancia, el servicio público y el trabajo territorial; el otro llega respaldado por una sólida trayectoria empresarial y por una dirigencia nacional que decidió apostar por un perfil distinto. Ninguno de los dos modelos es, por sí mismo, garantía de éxito o fracaso. Lo que realmente está en juego es cuál de ellos terminará definiendo la identidad futura del partido.
Porque un instituto político puede abrir sus puertas a empresarios, académicos, líderes sociales o representantes ciudadanos sin perder su esencia. Lo que no puede permitirse es dejar de tener claridad sobre quién conduce el proyecto, bajo qué principios se toman las decisiones y cuál es la causa que pretende representar frente a la sociedad.
Movimiento Ciudadano todavía está a tiempo de definir qué camino quiere recorrer. Puede fortalecer una organización sustentada en la formación política y el crecimiento interno de sus cuadros, o puede convertirse en una plataforma donde distintos grupos encuentren espacio para impulsar sus propios proyectos. Ambas rutas son legítimas, pero producen partidos completamente distintos.
Al final, las elecciones no solo se ganan con candidatos competitivos. También se construyen con organizaciones capaces de generar confianza, identidad y sentido de pertenencia. Los ciudadanos terminan votando por personas, pero también por la coherencia del proyecto que esas personas representan. Y esa coherencia, una vez que comienza a diluirse, difícilmente vuelve a recuperarse.
Porque en política, lo importante no siempre es lo que se dice… sino lo que realmente significa. La sesión sigue abierta.





